El robo de la estrella de Belén

Eran las vísperas de Navidad, el Papa estaba estupefacto al enterarse del robo de la estrella de Belén, pensaba mientras se dirigía a la reunión con el C9 – sin ella los Reyes Magos no podrán orientarse y los niños del mundo no recibirían sus regalos.

Entró en la sala y después de tomar su lugar preguntó: – ¿Ya avisaron a la policía internacional? – contestó el secretario de estado. – La CIA tiene a sus agentes declarando en el juicio del Chapo Guzmán, la KGB se encuentra destruyendo propaganda de la elección en los Estados Unidos y la Interpol está buscando a la esposa del ex gobernador de Veracruz.

– Es una lástima que no exista un Sherlock Holmes o un Hércules Poirot que nos ayude con este misterio – suspiró el cardenal del Reino Unido. – Pero existen los escritores de esas historias, ¿Por qué no los llamamos y les pedimos consejo? – sugirió el cardenal de Finlandia. Inmediatamente el Papa ordenó – llamen a Dan Brown, él ha investigado mucho acerca de la iglesia y también llamen a Pérez Reverte. – ¿A él para qué? – preguntó el coordinador del consejo. El Papa contestó: – Él convivió un tiempo con la mafia mexicana, eso puede sernos útil.

Pasadas unas horas se volvió a reunir el Papa y el C9:

– ¿Qué pasó con los escritores? – preguntó ansioso el Papa. El secretario de estado respondió: – El Señor Brown al momento de bajar del taxi, se encontró con unas putas a la entrada del Vaticano, se enteró que una de ellas se llamaba Magdalena y no ha dejado de acosarla para que le diga cuál es su árbol genealógico. – El Papa lamentó el hecho y preguntó – ¿Y Pérez Reverte? – Venía caminando hacia acá, cuando halló un perrito que deambulaba sin correa por la plaza de San Pedro, lo estuvo persiguiendo hasta que lo atrapó y ahora le está buscando un hogar para que lo adopten. – Desesperado el Papa preguntó:

– ¿Qué nos aconsejan los presidentes de nuestros países amigos? – Ahora contestó el coordinador del consejo:

– El presidente de los Estados Unidos culpa a los emigrantes del robo, decreta que no les entreguen regalos a sus niños y ordena la construcción de un muro alrededor del Vaticano. El presidente de México realizó una consulta con su pueblo y nos recomienda: “Con todo respeto, eliminen a la guardia Suiza y a el cuerpo de gendarmería para formar una guardia nacional y me canso ganso que encuentran la estrella.” Y el presidente de Francia nos advierte que destruyamos cualquier vestimenta de color amarillo, para evitar protestas.

– ¡Mecachís! – Exclamó el Papa – En ese momento entró a la reunión el director de la oficina de prensa del Vaticano para informar a los presentes:

– Señores, por alguna razón se filtró la noticia y ya es Trending Topic mundial… – Todos los presentes voltearon a ver al Papa, esté se encontraba abatido en el respaldo de su silla, les devolvió la mirada a cada uno de ellos y sin decir palabra se puso de pie y camino hacia el balcón que da a la plaza de San Pedro. Al llegar ahí miró a los feligreses, se sentía un ambiente de incertidumbre, y dijo sin aspavientos:

– ¡Nos robaron la estrella de Belén!

Todos guardaron silencio, solo se escuchaba el chiflido de Pérez Reverte que llamaba al perrito que se le había escapado de los brazos, de repente al fondo de la plaza se escuchó la voz de un jovencito, tenía un brazo levantado mientras que debajo del otro guardaba un libro.

– Yo sé dónde está la estrella de Belén.

El mundo entero se detuvo por un instante, todas las televisoras y la prensa internacional se pusieron atentas para escuchar lo que iba a decir sobre el paradero de la estrella. Menos Pérez Reverte que se encontraba debajo de una banca tratando de alcanzar al perrito extraviado.

– La estrella de Belén se encuentra debajo de un escritorio, sobre el cual hay un frasco de gel para el cabello y tres libros: La silla del águila de Enrique Krauze, no perdón Carlos Fuentes, una biblia entre abierta y otro que habla de unos caudillos cuyo título no recuerdo… El escritorio está en una casa blanca ubicada en las lomas de Chapultepec, en el número 150 de la calle Sierra Gorda en la Ciudad de México. – dijo sin titubear el jovencito.

Al terminar de decir esto, se montó un operativo en México y efectivamente tal y como lo describió el jovencito encontraron la estrella de Belén.

Al momento del operativo el propietario de la casa se encontraba destruyendo unos documentos, donde se pudieron leer los siguientes títulos: “¿Pensionado?, Cómo hacer rendir su dinero…”, “La nueva reforma educativa” y “Compré o renté locales comerciales dentro del Nuevo Aeropuerto Internacional de México”.

La esposa del propietario de la casa, fue obligada por su esposo, a declarar a los medios de comunicación que la estrella de Belén la había obtenido como fruto de su trabajo, con esto pensaba su marido que su condena podría ser de un 1 año no, menos, como de 5.

El Papa, tal y como era la tradición, soltó durante la Navidad la estrella de Belén y fue seguida por los Reyes Magos, así los niños del mundo recibieron sus regalos.

Por último, el Papa, reunido con todos los cardenales del mundo para honrar al jovencito que había salvado a la humanidad de la peor hecatombe de su historia. Le preguntó: – Bueno hijo ¿Cómo supiste donde se encontraba la estrella de Belén? – El jovencito se acercó al sumo pontífice y después de cerciorarse que nadie lo podría escuchar le dijo lo siguiente: – Santo padre, no pude resistir más – y sacando el libro que guardaba bajo el brazo, empezó a hojearlo y señalando con el dedo un párrafo en particular, dijo – y leí el final de éste cuento.

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El viaje

Mientras Luís preparaba los platos para servir la comida, Estefanía limpiaba la mesa cuando comenzó a charlar:

– Te platico la última de mí madre, me llamó para preguntarme: ¿Por qué no me voy con Ernesto a pasar la navidad con ellos? Al fin tú y Alana ya estuvieron allá el mes pasado; ¿Cómo ves a Conchita? – mientras sonreía con ironía.

– ¡Hay tú madre! Recuérdale que si estuvimos en Cuautla fue porque le pusieron el marcapasos a mi suegro y éramos los únicos que podíamos ir a cuidarlo. – a lo que Estefanía contesto con ternura:

– Es que tiene muchas ganas de vernos.

– Será de verte. – interrumpió Luis.

– Hasta dice que me paga el pasaje para que vaya. – insinuó Estefanía. Dejando de servir los platos y negando con la cabeza dijo Luís recriminando:

– ¡De verdad que es una egoísta tú mamá! ¿Cómo se le ocurre proponerte eso? Además, ¡Ni qué se la fueran a pasar solos! No dijiste que van a estar con ellos: Carlos y sus hijos, Ethel y sus hijas con sus respectivos colguijes (novios) y Lety y Chava con su niña.

– ¡No manches y vamos a estar mi papá y yo solos, mientras tú y mi hermano están allá de fiesta!… – intervino Alana reprochando desde la sala. Estefanía hizo una pausa y después de mirar con desagrado ha Alana por su intervención, justificando a su madre le dijo a Luís:

– ¡Tú que le crees! Lo dijo de broma, además está muy agradecida contigo por lo que hiciste por mí papá.

– ¡Entonces que nos pague el pasaje a los cuatro! – Reclamó Luís. A partir de ese momento Estefanía se empezó a portar muy cortante y seria durante el resto del día.

Es el pleito de todos los años: Ella quiere pasar todas las fiestas con su familia y con la de Luís nunca quiere estar. Inclusive hace 3 años Estefanía se fue con su familia a pasar las fiestas a Mérida, gastándose todo el aguinaldo y ahorros acumulados en el año, mientras que Luis, se la pasó solo en casa debido a que no pudo ausentarse de su trabajo.

Este año fue difícil para Luís, se quedó sin empleo y los pocos recursos que acumulo Estefanía por su trabajo los gastaron en el viaje para cuidar a su papá.

Esa noche en la cama y estando Luís ya medio dormido, se voltea Estefanía hacia él y abrasándolo con ternura le susurra al oído:

– Deberías dejarnos ir, he trabajado mucho este año.

Del dicho al hecho

Mientras Gustavo estaba amarrándose las agujetas de sus tenis pensaba: ahora si voy a llegar primero, no como el año pasado que ya no alcance comida y todo por quedarme platicando con Nadia y Anita sobre su fiesta de Halloween del día anterior, espero no encontrármelas este año.

No acabada de dar un par de pasos en el camino formado por las flores de cempasúchil, el cual lleva a todas las almas rumbo a sus altares, cuando escucho que le decían:

Al que madruga, Dios lo ayuda – al voltear para ver quien le había hablado, vio a un anciano con bastón que le extendía el brazo mientras le decía:

– Hola Jovencito, tome mi brazo por favor, aunque el camino normalmente es plano, no quiero caerme antes de llegar a mi altar.

– No quiero desairarlo abuelo, pero porque no busca a otra persona que lo acompañe en su travesía, hoy tengo prisa. A lo que el anciano le contesto con cierto disgusto:

¡Más vale pájaro en mano, que cientos volando!

– ¡Como pájaro!, en todo caso dígame águila real como la del escudo de mi México. – respondió Gustavo sacando el pecho y mostrando su orgullo por el lábaro patrio. El anciano le replicó:

– Además ¿qué prisa puedes tener hijo?, recuerda: no por mucho madrugar, amanece más temprano.

– ¡Pues ya no entendí!, ¿me van a ayudar o no va a amanecer? – cuestionó Gustavo al anciano.

– ¡No sea usted irrespetuoso!, se trata de la sabiduría popular mexicana.

– No se enoje abuelo, está bien lo acompaño. – Y con resignación tomó del brazo al anciano.

– ¡Chale abuelo!, espero no nos tardemos mucho, el año pasado por andar de galán ya no alcance más que los asientos de una taza de café, un tamal de dulce y un pedacito de pan de muerto.

¡Pues a darle que es mole de olla! – dijo el anciano, invitando a Gustavo a iniciar la travesía.

Al ir caminando fueron rebasados por una linda muchacha. Al darse cuenta Gustavo, instintivamente y sin pensar le dio un codazo a su acompañante y con la mirada le señalo la presencia de la dama. El anciano al verla comentó:

– Es Concepción, ella murió en el terremoto de 1985.

– ¿Es del 85?, pues apenas está bien para Miguel…

– ¿Quién es Miguel, hijo?

– No abuelo, lo que quiero decir es que está bien para mí… pero se ve que es de la “jaí societi” mira su vestido, es de diseñador y esas son muy apretadas.

– ¡No hijo, ella es de la Peralvillo! recuerda que, aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

– ¿En serio? – Y sin soltar al anciano se encaminó hacia ella, en cuando estuvo lo suficientemente cerca le dijo con voz seductora:

– Me gusta esa “conchita” para remojarla en mi café. – al oír estas palabras la muchacha se volteó y le dio tremenda cachetada, que de no ser porque Gustavo aún se mantenía agarrado del brazo del anciano, hubiera caído al suelo.

– Creo que no le gusto el refrán que le dije – lloriqueaba Gustavo mientras se sobaba la mejilla con la mano.

– Eso no es un refrán, fue un piropo y muy malo, por cierto. No cabe duda árbol que nace torcido jamás su rama endereza. – comento el anciano mientras no paraba de reírse.

– Si hubiera traído un Ferrari de seguro no me hace lo mismo.

Al nopal solo se le arriman cuando tiene tunas; dijo el anciano.

– Usted es muy bueno para eso de los refranes, de seguro era sacerdote, tlatoani, maestro jedi o una vaca sagrada (catedrático) de la universidad. – Dijo con admiración Gustavo.

– ¡Hay modestamente hijo!, aunque debo confesarte que no todo lo que brilla es oro apenas acabé la primaria, pero a lo largo de la vida aprendí la sabiduría que se enseña en la calle. Recuerda más sabe el diablo por viejo, que por diablo.

Continuaron su camino, Gustavo platicando sobre sus conquistas y el anciano explicándole todos los refranes que conocía; hasta que se detuvo el anciano y dijo:

– Bueno hijo aquí es donde me quedo, estoy muy agradecido por la compañía y ojalá nos podamos encontrar el próximo año. – Se dieron un fuerte abrazo de despedida y con una tristeza que no podía ocultar Gustavo le dijo:

– En este ratito he aprendido más con usted acerca de la vida, que lo que aprendí cuando estaba vivo. – Y echándose a reír el anciano por lo que acababa de escuchar, le dijo:

¡Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre!, los refranes son vivencias populares que nos ayudan en ciertas situaciones, es nuestro lenguaje y nuestro folclor, así como las festividades de muertos, es como la sangre de nuestro pueblo que nos mantiene vivos como nación. – Y mientras se alejaban el uno del otro se escuchó al anciano decir:

El que no escucha consejos, no llega a viejo. – Gustavo al escuchar esto se hecho a reír y contestó:

– Abuelo, ya estoy muerto, ya no puedo llegar a viejo. – A lo que el anciano replicó:

– No lo digo por ti, lo digo por el que nos está leyendo…

EL OTRO 2 DE OCTUBRE

El 2 de noviembre de 2018 cumplí de muerto, cincuenta años y un mes. Yo era el tercer hijo de la familia y el primero en morir. Desde entonces me ha tocado compartir el altar de Muertos primero con mi papá, después mi mamá, posteriormente llegaron mis dos hermanos mayores y ahora Marcela. Justina, la menor será la encargada de prepararnos la comida para todos en la ofrenda.

Como cada vez que llega un nuevo miembro de la familia al festejo de Muertos, tendré que explicar lo sucedido aquella tarde en Tlatelolco. Todos pensamos que al momento de morir te encuentras inmediatamente a todos los que te antecedieron, pero no es así, las almas tienen que rendir cuentas de lo hecho en vida y eso retrasa el encuentro con la familia y en algunas ocasiones ni lo permite.

Marcela venia caminando con mamá, al verme no pudo ocultar su alegría pero al mismo tiempo su rostro reflejaba esa aflicción de ¿Por qué lo hiciste? Ya no era ninguna novedad para mí, la única que no manifestó ese pesar fue mamá. Nos abrazamos con tal fuerza que si aún hubiéramos estados vivos nos hubiéramos sacado el aire. Mamá me saludó con un beso y comentó:

—Solo falta Justina para que estemos juntos otra vez.

—Dale chance mamá, ya le falta poco a Rodolfo para que termine su carrera. -replicó Marcela.

Con sorpresa me enteré que el hijo menor de Justina se llamaba igual que yo.

—Ella le puso así en tu honor -comentó Marcela, aunque sus palabras reflejaban que no estuvo muy de acuerdo con eso.

Camino al altar y mientras especulábamos sobre cuál sería el menú en esta ocasión, surgió ese silencio que precede a la ya esperada pregunta y sin darle la oportunidad de que hablara, le dije:

—Nos emboscaron, hermana -volteó hacia a mí y con ojos de incredulidad negó con la cabeza. Al darse cuenta mamá, de inmediato se dio la vuelta y se detuvo como esperando a que aparecieran papá y mis hermanos. Mientras, Marcela y yo seguíamos caminando.

—En aquel tiempo yo pertenecía al primer batallón de fusileros, cuando nos movilizaron hacia Tlatelolco ese 2 de octubre por la mañana. Nuestra misión era muy clara: desalojar a los estudiantes, empleando la prudencia. No podíamos disparar, a menos que tuviéramos cinco bajas por arma de fuego. No íbamos a matar, solo a contener el movimiento.

—¿Entonces, qué pasó? -preguntó Marcela con una indignación totalmente comprensible.

—Al momento que nos dieron la orden de avanzar, cayeron unas bengalas desde el edificio de Relaciones Exteriores y pude ver cómo caía mi general José Hernández Toledo de un certero balazo. Entonces nos empezaron a disparar desde diferentes puntos. No sabría decirte de donde con exactitud, yo corrí hacia la plaza para cubrir a los civiles y buscar la ubicación de los agresores. Mientras los estudiantes huían de los disparos, por más que les gritaba: “¡suelo, al suelo, tírense al suelo!”, no hacían caso, el terror los invadía.

Mis compañeros y yo hicimos lo propio y sin saber si ya se habían cumplido las cinco bajas que nos habían marcado para empezar a disparar, apunté con mi fusil y tiré del gatillo hacia el edificio de Relaciones Exteriores. Pude ver cómo los oradores eran retirados a la fuerza del balcón del edificio Chihuahua y posteriormente salieron francotiradores que disparaban hacia la multitud. Esto provocó que muchos de mis compañeros empezaran a disparar hacia ese edificio. En medio de la confusión y al ver cómo caían nuestros compañeros se generalizaron los disparos hacia cualquier punto sin importar quienes eran los blancos.

Estaba en un punto vulnerable, llegaban tiros por todos lados, por lo que tuve que moverme hacia el edificio Chihuahua. Encontré en el camino muchos cuerpos caídos por los disparos de los francotiradores pero también por tiros de mis compañeros. Todo estaba fuera de control. Al acercarme a las escaleras me encontré con un estudiante muy excitado que corría con la mirada totalmente perdida, le grité: “¡no subas, hay gente disparando allá arriba!”. Volteó hacia donde estaba, sacó una pistola que traía bajo la camisa y descargó todas sus balas sobre mí…

—¿Sabes quién fue el que te disparó? -preguntó Marcela.

En ese momento llegó Florencio, el mayor de mis hermanos y dijo:

—Todos le hemos preguntado lo mismo.

Al verlo Marcela se lanzó a abrazarlo con la misma efusividad que conmigo. Con él venía mamá.

—Su padre y hermano ya van por delante, así que mejor nos apuramos o van a dejarnos sin comida -propuso mamá.

Cuando llegamos al altar y nos pusimos a comer nadie tocó el tema. Mejor nos dedicamos a disfrutar el momento.

Una vez mi general me dijo una frase del escritor Salman Rushdie:

Verdad es lo que la mayoría ve como verdad, pero la mayoría también puede cambiar de opinión a lo largo de la historia.

El abuelo y su bici

No es que en realidad me interesara mucho, de hecho, ya había conocido a mejores que ella, era de verdad muy atrevida, recuerdo muy bien cuando nos vimos la primera vez, a Javier le había prestado la combi su papá para ir a la preparatoria, con la única condición de que llevara la mayor cantidad de personas y entre todos pagar la gasolina. Ella vivía cerca de Javier, así que, al pasar por mí, ya estaba dentro de la camioneta. Y justo cuando me subí ella se volteó directo hacia mí y me dijo con cierta coquetería -me llamo Lupita ¿y tú? – Yo no me sentía galán, pero mi ego llego hasta el cielo y más cuando mis amigos no dejaban comentar – ¡Oralé cabrón!, ni te dio tiempo de que te sentaras y ya te estaba “echando los perros” –. Pero lo que no podré olvidar jamás, fue la vez que salimos en nuestras bicicletas. Pasé por ella a su casa, se encontraba lista para la acción. Decidimos tomar una ruta que nos llevaba por detrás de la colonia, a la orilla de un canal de riego donde había un camino que la mayor parte del tiempo se encontraba solo. No dejaba de platicarme sobre ella y sus gustos, mientras yo admiraba su rubio cabello agitado por el viento. El camino estaba lleno de árboles, flores y arbustos que por momentos invadían el camino, de vez en cuando nos deteníamos para admirar alguna ave que nos sorprendía con su canto o algún insecto raro; es una lástima que en aquellos ayeres no existieran los celulares para ayudarnos a captar esos momentos inesperados. Cuando llegamos al final del camino, nos encontramos con una nopalera y después de bajarnos de nuestros potros metálicos, mientras trataba de escoger entre tunas verdes y rojas, Lupita se volvió hacia a mí y dijo – Tú deberías tener una novia como Yo –.

O Lolita, una chica de mi carrera con la que acostumbraba regresar de la facultad en bicicleta a través de la avenida constitución. Un día decidimos competir por quien llegaría primero a la laguna “en donde se quema el sol”. Podrías pensar que Lolita no sería rival para alguien como yo, un profesional en bicis, pero la realidad es que ella me llevaba una gran ventaja. Su bicicleta era de montaña, a diferencia de la mía que era de carreras. Por lo que en cada bordo que nos encontrábamos en el camino yo tenía que bajar la velocidad de la bicicleta, si no quería que se le rompiera la tijera, además ella era una consumada deportista, practicaba natación, baloncesto, futbol y taekwondo, por lo que se justificaba el poder y belleza de sus piernas. La verdad muchos querían con ella, debo añadir. Era envidiado porque pensaban que solo yo podía acompañarla a su casa, pero en realidad ella vivía más lejos y pocas veces llegue hasta allá, mi bicicleta fue la que me dio preferencia sobre los demás – siempre he pensado que es el mejor medio de transporte para las personas – le dije la primera vez que salimos de la facultad, desde entonces era habitual que nos vieran juntos a la salida.

La competencia era reñidísima, no se veía un claro ganador (bueno yo ya era ganador por el hecho de estar con ella), al final de la terracería del lado derecho se encontraba el camino que nos llevaría a la orilla de la laguna, suelo lunar le decíamos (estaba infestado de baches), pero era mí oportunidad para definir al ganador. Faltaban como 300 metros para terminar la terracería y mi llanta delantera estaba justo al nivel de su llanta trasera, acabábamos de pasar un pequeño borde, por lo que me vi obligado a bajar la velocidad, traté de no darle más ventaja y mantenerle el paso; iba a su lado izquierdo, se acercaba la vuelta, tenía que tomar una decisión: dejar que ella tomara la vuelta primero, con el riesgo de que al circular en la parte más cerrada aumentara su ventaja o tratar de rebasarla para darla primero, de suerte se ciscaba y la dejaba atrás, en eso vi como su cadena brincaba entre los piñones y aumentaba la distancia entre ambos, ¡su bicicleta podía darle más velocidad!, de inmediato miré hacia abajo para confirmar cómo mi cadena ya se encontraba en el piñón más pequeño. En eso sentí como cambiaba el piso, levanté la vista y el camino se había terminado. Salí como unos 30 metros fuera del camino, en mi desesperación apreté los frenos, la bicicleta se amarro y yo salí por los aires…

– ¡Ay abuelo! – suspiro la niña que estaba recostada en su hombro – tus historias son súper aburridas.

– ¡Emma, no le digas eso al abuelo! – Su yerno regañó a la nieta mientras salía de la cocina con el postre para la cena.

– Pero ¿por qué no te gustó? si salté por los aires, ¡era como Superman! – protestó el abuelo indignado.

-No sé quién es ese, pero es la verdad, narras cómo alguien del siglo XX y estamos en pleno 2038 – le contestó con franqueza.

Pero antes de que pudiera replicar el narrador, llegaron las matriarcas de la familia (su mujer y su hija) con la comida que faltaba para navidad. La niña, muy lista, se paró y tomó la bolsa que llevaba los chocolates.

– Mamá, para la próxima dile al abuelo que no me cuente sus historias de conquista y mejor me haga una bicitela para pasear, se ve que sabe mucho de ellas y yo no sé qué son.

– Bicicleta cariño, se llama bicicleta – la mamá acarició la mejilla de su hija y de un zarpazo le quitó los chocolates de la mano, claro, sin dejar de sonreírle miro a su progenitor y le dijo – Papá, ¿por qué no le contaste cómo eran las bicicletas? ella no las conoce.

El abuelo horrorizado decidió comenzar una nueva historia… de bicicletas, desde luego.